Hace cuatro años que vivo en Usamérica,
que me empeño en aprender el inglés.
Tiempo atrás lo estudiaba con desgano en el colegio. Nunca fui de las chicas
que podían cantar canciones en otro idioma,
crecí habiendo escuchado poco. Ahora me esfuerzo, me esfuerzo cada día. Y oigo
con envidia las palabras de mi vecina que
se deslizan como miel sobre su boca, las entiendo. ¿Y yo? No soy capaz
de articularlas. Invadida por la
vergüenza y el temor, esta lengua me
desobedece, la siento como un animal vivo dentro de mi boca, indómito y salvaje incapaz de someterse a las palabras
ajenas. A ratos entorpecida -como un pez
avejentado y perezoso que no puede
nadar- se duerme. ¿Será esta rebelión
un instinto de supervivencia?