Hace cuatro años que vivo en Usamérica,
que me empeño en aprender el inglés.
Tiempo atrás lo estudiaba con desgano en el colegio. Nunca fui de las chicas
que podían cantar canciones en otro idioma,
crecí habiendo escuchado poco. Ahora me esfuerzo, me esfuerzo cada día. Y oigo
con envidia las palabras de mi vecina que
se deslizan como miel sobre su boca, las entiendo. ¿Y yo? No soy capaz
de articularlas. Invadida por la
vergüenza y el temor, esta lengua me
desobedece, la siento como un animal vivo dentro de mi boca, indómito y salvaje incapaz de someterse a las palabras
ajenas. A ratos entorpecida -como un pez
avejentado y perezoso que no puede
nadar- se duerme. ¿Será esta rebelión
un instinto de supervivencia?
domingo, 18 de septiembre de 2016
domingo, 10 de abril de 2016
UBER
1.Hoy se me hizo tarde. Gabriel, un negro muy simpático, me recoge
en su auto blanco. Por las prisas,
y
la necesidad de leer antes de mi
clase, elijo el asiento trasero. Le digo
que debo estar en la universidad en 20 minutos.
Arranca y me promete que
llegaremos. Empieza a conversar, su acento en inglés es raro, caribeño; por dicharachero y amable,
pienso que es cubano. Me pregunta de dónde soy. “De México”, le digo. “No
pareces mexicana. Pareces de París”.
Nos pasamos un
alto, un coche enfurecido le suena el claxon.
“¿Tú de donde eres?”, le pregunto. “De Londres”, responde.
Me cuenta que
hace diez años se mudó y me habla del
clima terrible de Londres. “¿Qué haces
aquí?”, le pregunto. “This is América”, contesta, como si esa respuesta lo
fuera todo. Luego me cuenta su verdadera historia, esa otra historia que todos
los conductores de UBER tienen. Él es dueño de una compañía de seguridad, tiene
guaruras trabajando para él. Conduce, claro está, porque ahora que es jefe, tiene
mucho tiempo y hasta en sus ratos libres puede hacer dinero. Me pregunta a qué me dedico, le digo que soy profesora. “Deberías escribir, hacer
películas. Serías millonaria”. Le digo
que eso debe ser muy difícil. “This is America”, repite.
2. Nunca tomo dos UBER
en un día, ni siquiera en una semana. Hoy lo hice. Mat, tal vez de 70, me recoge, en su Van platinada. Nunca sé donde
sentarme, si les incomoda la invasión de un copiloto o si toman como una ofensa
elegir el asiento de atrás y dejarlos conducir
solos . Al ver el pelo cano de Mat decido ir adelante. Escucha una estación de
radio de música clásica. Me saluda amable, intenta deletrear mi nombre, “¿Es un
nombre griego?”, me pregunta. “No creo”,
digo de repente. Conversamos de lo hermoso que está el valle en primavera. “¿Cuál
es tu lengua materna?”, me pregunta al
poco rato. “Español, soy de México”. Guarda silencio. Le digo que yo también
escucho esa estación. En seguida me pregunta qué hago para trabajar. Profesora.
Se echa a reír. Me cuenta su historia. “Soy economista jubilado, mi vida fue la
enseñanza. Ahora tengo tanto tiempo, y hago esto para distraerme, conocer gente.” Le pregunto dónde enseñó economía. “En la universidad, en muchos países”. Le
pregunto cuál es el país que más le ha gustado.
Mat responde que los países se dividen en países de gente feliz y gente
infeliz. A él solo le gustan los países
de gente feliz, donde a las personas no les obsesiona el dinero y son capaces de pasar largas horas en un desayuno
o en una conversación. Menciona a México, la nación más feliz, allí la gente
solo piensa en el ahora, trabaja y se gasta lo que gana, viven el hoy, sin preocuparse
por el futuro; “también lo viví en Irán
y España, la fiesta interminable toda la noche”. Los países infelices: Japón, apenas llegó y quería salir corriendo, allí la
gente se suicida porque no cumple las expectativas; en Alemania son cuadrados y hoscos; en Londres tan taciturnos
por el clima.
Guarda silencio y al
momento dice: “América es el más infeliz,
yo no entiendo esta gente que
sólo sabe trabajar”.
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