sábado, 11 de marzo de 2017

Hogar seguro

Bajo la sombra de un limonero, en un hermoso día soleado como son los días en el sur de usamérica,  leo  en el internet la terrible noticia que hoy aqueja al otro sur invisible de mi país.  La muerte de 39 niñas en el incendio de un albergue en Guatemala de nombre "Hogar seguro" donde moran más de 600 menores de edad víctimas de violencia doméstica o abandono. La institución depende de la secretaría de bienestar social del gobierno. Según versiones de algunas familias de los internos la mayoría de los niños están allí por problemas familiares o malos comportamientos propios de la edad.  En las primeras y escuetas notas hablan del incendio iniciado deliberadamente por un grupo de niñas. De inmediato pienso en una expresión de rebeldía de chicas malas cuyo  acto inconsciente acabó con la vida de tantas.
            En las notas subsiguientes  la información se va articulando con el testimonio de las sobrevivientes.  Las niñas  que  iniciaron el incendio se  habían fugado del albergue por malos maltratos, vejaciones y abusos sexuales constantes en el lugar, fueron recapturadas al día siguiente y en un acto de protesta incendiaron colchonetas;  las habitaciones donde varias murieron estaban cerradas bajo llave. 

Me avergüenzo de mi primer juicio, aventurado desde la burbuja de la comodidad.  Y pienso en la inconmensurable indefensión de todos los niños, en la imposibilidad de hacerse oír ante la injusticia. En el trágico sacrificio masivo  que supuso ese  acto de rebeldía  para ser  escuchadas.

viernes, 10 de marzo de 2017

Go back!

Mi hermana llega de la escuela, me cuenta una anécdota que le ocurrió en el metro.  Un joven de unos treintaicinco años,  pelo rubio y rastas largas, se subió al vagón semivacío  hablando al viento, luego comenzó a gritar ¡váyanse, no los necesitamos!  Observó  a los pasajeros, se detuvo en cada uno de aquellos que no eran como él. Go back to Africa! le dijo a un anciano negro en la primera fila.  Maldito judío!, le dijo a otro chico de pelo oscuro. Go back to Asia!, profirió ante un chico de rasgos orientales, quien con una sonrisa contestó que no era de Asia. Mi hermana lo veía asustada gritar palabras inentendibles hasta que se acerca a ella:
 Go back to Europe!,  le grita, ella enmudece.
En casa me relata el incidente concierta gracia, yo también estallo en una carcajada por el  error; quizá sea él quien deba volver. En nuestra risa se adivina el triste alivio del mestizaje,  nuestro poder de camuflaje.  “Go back to Europe” nos libra del insulto, ¿por qué no somos Europeas?   o, pregunta temible, ¿porqué según el hombre  parecemos Europeas?  En nuestro egoísmo nos sentimos  a salvo.  ¿Y los demás?


sábado, 18 de febrero de 2017

Mexicans!

Hace unos años llegué a Usamérica con una beca para estudiar. A los pocos meses de estar aquí recibí la visita de mi hermana. Un día salimos a pasear,  conversábamos alegres por una calle cercana al museo de arte de la ciudad. Nos detuvimos en un semáforo antes de cruzar al otro lado donde un hombre alto y rubio, quizá en los cincuenta,  también esperaba la luz verde. A mitad de la calle, al encontrarnos,  volvió la cara hacia nosotras y profirió un gritó  ‘¡Mexicans!’, luego nos lanzó un escupitajo cuyas gotas minúsculas me mojaron la ropa.
          Conté el episodio a mis amigos de la universidad, lo interpretaron como algo terrible pero raro. Yo también imaginé la historia de que tal vez el hombre padecía una enfermedad mental, como muchas personas  sin hogar que abundan por la ciudad hablando solas.  Días después, también acompañada por mi hermana, a la salida de un supermercado, un hombre negro en silla de ruedas nos llamó mientras pasábamos frente a él,  quería dinero. No le pusimos atención y seguimos caminando, el hombre nos gritó “¡go back to Mexico!”.
El incidente se sumó al primero, pensé él con la misma sorpresa.  Pero continué justificándolo  y tratando de pensar, que en ambos casos  eran enfermos confundidos,  sin hogar.
No volvió a pasarme nada en los cuatro años siguientes, y mi hipótesis de  caso aislado día a día se confirmaba.  Con todo, el orgullo de mis primeros meses al llegar y decir que era de México, se había diluido con mi voz tímida al observar que muchas veces mi respuesta era recibida con silencio o con elogios que yo interpretaba según  mi estado de ánimo.
Pero seguí a salvo, disfrutando de los privilegios de la universidad y de la vida cómoda en el  barrio ruso, donde a modo de “cumplido” me decían que parecía rusa no mexicana. Una armenia dijo que era idéntica a su amiga  egipcia, y un italiano también me habló en su idioma creyéndome de allá. Cabe decir que en las tiendas con trabajadores latinos me identificaban de inmediato hablándome siempre en español. Cada uno ve lo quiere ver. Y pienso en el escupitajo  y en las palabras del hombre de la silla de ruedas. No era sólo nuestra presencia lo que les molestaba, era la comunión de nuestra lengua, nuestras palabras no comprendidas lo que nos confería poder ante ellos, hombres solos frente a nosotras dos, que hacíamos en la soledad de la calle una pequeña comunidad hablando. Y era nuestro idioma, esas palabras ajenas, lo que los expulsaba de nuestra íntima cofradía, y lo que nos excluía del derecho a habitar su mundo. 


Hace unas semanas los resultados de las elecciones,  y un nuevo incidente, confirmaron la respuesta triste de aquel suceso: no eran enfermos y no estaban solos. Es lamentable, muy lamentable, pero otras lenguas y otras voces aquí siempre sonarán.