Hace unos años llegué a Usamérica con
una beca para estudiar. A los pocos meses de estar aquí recibí la visita de mi
hermana. Un día salimos a pasear, conversábamos alegres por una calle cercana al
museo de arte de la ciudad. Nos detuvimos en un semáforo antes de cruzar al otro lado donde un
hombre alto y rubio, quizá en los cincuenta,
también esperaba la luz verde. A mitad de la calle, al encontrarnos, volvió la cara hacia nosotras y profirió un
gritó ‘¡Mexicans!’, luego nos lanzó un
escupitajo cuyas gotas minúsculas me mojaron la ropa.
Conté
el episodio a mis amigos de la universidad, lo interpretaron como algo terrible
pero raro. Yo también imaginé la historia de que tal vez el hombre padecía una
enfermedad mental, como muchas personas sin hogar que abundan por la ciudad hablando
solas. Días después, también acompañada
por mi hermana, a la salida de un supermercado, un hombre negro en silla de
ruedas nos llamó mientras pasábamos frente a él, quería dinero. No le pusimos atención y seguimos
caminando, el hombre nos gritó “¡go back to Mexico!”.
El incidente
se sumó al primero, pensé él con la misma sorpresa. Pero continué justificándolo y tratando de pensar, que en ambos casos eran enfermos confundidos, sin hogar.
No volvió a
pasarme nada en los cuatro años siguientes, y mi hipótesis de caso aislado día a día se confirmaba. Con todo, el orgullo de mis primeros meses al
llegar y decir que era de México, se había diluido con mi voz tímida al observar
que muchas veces mi respuesta era recibida con silencio o con elogios que yo
interpretaba según mi estado de ánimo.
Pero seguí a
salvo, disfrutando de los privilegios de la universidad y de la vida cómoda en
el barrio ruso, donde a modo de “cumplido”
me decían que parecía rusa no mexicana. Una armenia dijo que era idéntica a su amiga egipcia, y un
italiano también me habló en su idioma creyéndome de allá. Cabe decir que en las tiendas con trabajadores latinos me identificaban de inmediato hablándome siempre en
español. Cada uno ve lo quiere ver. Y pienso en el escupitajo y en las palabras del hombre de la silla de
ruedas. No era sólo nuestra presencia lo que les molestaba, era la
comunión de nuestra lengua, nuestras palabras no comprendidas lo que nos
confería poder ante ellos, hombres solos frente a nosotras dos, que hacíamos en
la soledad de la calle una pequeña comunidad hablando. Y era nuestro idioma,
esas palabras ajenas, lo que los expulsaba de nuestra íntima cofradía, y lo que
nos excluía del derecho a habitar su mundo.
Hace unas semanas los resultados de las
elecciones, y un nuevo
incidente, confirmaron la respuesta triste de aquel suceso: no eran enfermos y
no estaban solos. Es lamentable, muy lamentable, pero otras lenguas y otras
voces aquí siempre sonarán.