sábado, 18 de febrero de 2017

Mexicans!

Hace unos años llegué a Usamérica con una beca para estudiar. A los pocos meses de estar aquí recibí la visita de mi hermana. Un día salimos a pasear,  conversábamos alegres por una calle cercana al museo de arte de la ciudad. Nos detuvimos en un semáforo antes de cruzar al otro lado donde un hombre alto y rubio, quizá en los cincuenta,  también esperaba la luz verde. A mitad de la calle, al encontrarnos,  volvió la cara hacia nosotras y profirió un gritó  ‘¡Mexicans!’, luego nos lanzó un escupitajo cuyas gotas minúsculas me mojaron la ropa.
          Conté el episodio a mis amigos de la universidad, lo interpretaron como algo terrible pero raro. Yo también imaginé la historia de que tal vez el hombre padecía una enfermedad mental, como muchas personas  sin hogar que abundan por la ciudad hablando solas.  Días después, también acompañada por mi hermana, a la salida de un supermercado, un hombre negro en silla de ruedas nos llamó mientras pasábamos frente a él,  quería dinero. No le pusimos atención y seguimos caminando, el hombre nos gritó “¡go back to Mexico!”.
El incidente se sumó al primero, pensé él con la misma sorpresa.  Pero continué justificándolo  y tratando de pensar, que en ambos casos  eran enfermos confundidos,  sin hogar.
No volvió a pasarme nada en los cuatro años siguientes, y mi hipótesis de  caso aislado día a día se confirmaba.  Con todo, el orgullo de mis primeros meses al llegar y decir que era de México, se había diluido con mi voz tímida al observar que muchas veces mi respuesta era recibida con silencio o con elogios que yo interpretaba según  mi estado de ánimo.
Pero seguí a salvo, disfrutando de los privilegios de la universidad y de la vida cómoda en el  barrio ruso, donde a modo de “cumplido” me decían que parecía rusa no mexicana. Una armenia dijo que era idéntica a su amiga  egipcia, y un italiano también me habló en su idioma creyéndome de allá. Cabe decir que en las tiendas con trabajadores latinos me identificaban de inmediato hablándome siempre en español. Cada uno ve lo quiere ver. Y pienso en el escupitajo  y en las palabras del hombre de la silla de ruedas. No era sólo nuestra presencia lo que les molestaba, era la comunión de nuestra lengua, nuestras palabras no comprendidas lo que nos confería poder ante ellos, hombres solos frente a nosotras dos, que hacíamos en la soledad de la calle una pequeña comunidad hablando. Y era nuestro idioma, esas palabras ajenas, lo que los expulsaba de nuestra íntima cofradía, y lo que nos excluía del derecho a habitar su mundo. 


Hace unas semanas los resultados de las elecciones,  y un nuevo incidente, confirmaron la respuesta triste de aquel suceso: no eran enfermos y no estaban solos. Es lamentable, muy lamentable, pero otras lenguas y otras voces aquí siempre sonarán.