domingo, 10 de abril de 2016

UBER



1.Hoy se me hizo tarde. Gabriel, un negro muy simpático,  me recoge  en  su auto blanco. Por las prisas,  y  la necesidad de leer  antes de mi clase, elijo el asiento trasero.  Le digo que debo estar en la universidad en 20 minutos.  Arranca y me promete que  llegaremos. Empieza a conversar,  su acento en inglés es  raro, caribeño; por dicharachero y amable, pienso que es cubano. Me pregunta de dónde soy. “De México”,  le digo.  “No pareces mexicana. Pareces de París”.  
Nos pasamos un alto, un coche enfurecido le suena el claxon.
¿Tú de donde eres?”, le pregunto. “De Londres”, responde.   
Me cuenta que hace diez años se mudó  y me habla del clima terrible de Londres.  “¿Qué haces aquí?”, le pregunto. “This is América”, contesta, como si esa respuesta lo fuera todo. Luego me cuenta su verdadera historia, esa otra historia que todos los conductores de UBER tienen. Él es dueño de una compañía de seguridad, tiene guaruras trabajando para él. Conduce, claro está, porque ahora que es jefe, tiene mucho tiempo y hasta en sus ratos libres puede hacer dinero.  Me pregunta a qué me dedico, le digo que  soy profesora. “Deberías escribir, hacer películas. Serías millonaria”.  Le digo que eso debe ser muy difícil. “This is America”, repite.

2.  Nunca tomo dos UBER en un día, ni siquiera en una semana. Hoy lo hice. Mat,  tal vez de 70,  me recoge, en su Van platinada. Nunca sé donde sentarme, si les incomoda la invasión de un copiloto o si toman como una ofensa elegir  el asiento de atrás y dejarlos conducir solos . Al ver el pelo cano de Mat  decido ir adelante. Escucha una estación de radio de música clásica. Me saluda amable, intenta deletrear mi nombre, “¿Es un nombre  griego?”, me pregunta. “No creo”, digo de repente. Conversamos de lo hermoso que está el valle en primavera. “¿Cuál es tu lengua materna?”, me  pregunta al poco rato. “Español, soy de México”.   Guarda silencio. Le digo que yo también escucho esa estación. En seguida me pregunta qué hago para trabajar. Profesora. Se echa a reír. Me cuenta su historia. “Soy economista jubilado, mi vida fue la enseñanza. Ahora tengo tanto tiempo, y  hago esto para distraerme, conocer gente.”   Le pregunto dónde enseñó economía.  “En la universidad, en muchos países”. Le pregunto cuál es el país que más le ha gustado.  Mat responde que los países se dividen en países de gente feliz y gente infeliz. A  él solo le gustan los países de gente feliz, donde a las personas no les obsesiona el dinero y  son capaces de pasar largas horas en un desayuno o en una conversación. Menciona a México, la nación más feliz, allí la gente solo piensa en el ahora, trabaja y se gasta lo que gana, viven el hoy, sin preocuparse por el futuro; “también lo viví en  Irán y España, la fiesta interminable toda la noche”.  Los países infelices: Japón,  apenas llegó y quería salir corriendo, allí la gente se suicida porque no cumple las expectativas;  en Alemania  son  cuadrados y hoscos; en Londres tan taciturnos por el clima.
 Guarda silencio  y  al momento dice: “América es el más infeliz,  yo no entiendo esta gente  que sólo sabe  trabajar”.


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