Mi hermana llega de la escuela, me cuenta una anécdota que le ocurrió en el metro. Un joven de unos treintaicinco años, pelo rubio y rastas largas, se subió al vagón
semivacío hablando al viento, luego
comenzó a gritar ¡váyanse, no los necesitamos! Observó a
los pasajeros, se detuvo en cada uno de aquellos que no eran como él. Go back
to Africa! le dijo a un anciano negro en la primera fila. Maldito judío!, le dijo a otro chico de pelo
oscuro. Go back to Asia!, profirió ante un chico de rasgos orientales, quien
con una sonrisa contestó que no era de Asia. Mi hermana lo veía asustada gritar palabras inentendibles hasta que se acerca a ella:
Go
back to Europe!, le grita, ella enmudece.
En casa me
relata el incidente concierta gracia, yo también estallo en una carcajada por
el error; quizá sea él quien deba volver. En nuestra risa se adivina el
triste alivio del mestizaje, nuestro
poder de camuflaje. “Go back to Europe”
nos libra del insulto, ¿por qué no somos Europeas? o, pregunta temible, ¿porqué según el
hombre parecemos Europeas? En nuestro egoísmo nos sentimos a salvo.
¿Y los demás?
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